El análisis.
Here I Stand es un juego complejo y completo, que consigue reproducir una época poco tratada en el ámbito de los wargames y temáticos. Lo que nos ofrece es un viaje en el tiempo, para sumergirnos en un divertido juego de alianzas, lucha y poder.
¿Y en qué consiste este juego? 6 jugadores encarnan a 6 potencias de la época: los Habsburgos, el Papado, los Franceses, los Protestantes, los Otomanos y los Ingleses. Cada uno persigue unos objetivos y tiene que hacer frente a unos problemas concretos. La cantidad de posibilidades dadas las características de cada uno y del terreno de juego, se transforma en todo un mar cuando se tienen en cuenta las 110 cartas de la que consta el juego. Verdadera alma del sistema, como todo Card Driven, cada una representa no sólo una porción de Historia si no los recursos disponibles para la potencia que la tenga en la mano.

Las revueltas y guerras pueden hacer mucho daño al Imperio Otomano.
La fidelidad de los hechos trasladados a la mesa sólo es el marco de desarrollo de una partida. El jugador Habsburgo, con Carlos V a su frente, ha de mantener las posesiones del Imperio frente al enemigo turco, mientras dirime las disputas con Francia en el norte de Italia y frena la extensión del protestantismo en los electorados alemanes. Sin embargo, a pesar de su poderío militar y la fiel defensa del Catolicismo, no puede obviar las necesidades del Imperio (demasiadas y que le llevarán más de una vez a la bancarrota) ni apartar la vista de las riquezas del Nuevo Mundo.

Carlos V debe atender la rebelión de los príncipes alemanes.
Mientras, Francisco I de Francia ambiciona Milán. Las naturales diferencias con los ingleses le impiden centrarse en la lucha con el Habsburgo, contra el que, siguiendo la vieja frase de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, cuenta con el apoyo de la Sublime Puerta. No es baladí el asunto religioso, que puede acarrearle problemas por el enfrentamiento entre católicos y protestantes, pero ante todo, la nobleza francesa es amiga del arte y el gasto, y el mecenazgo de grandes artistas hace que un poco de ese Renacimiento italiano llegue a su país en forma de châteaux.

Milán: ciudad clave para Francia.
Al norte, Enrique VIII busca desesperado un heredero varón. Cual redivivo Barbazul, el juego de corte y esposas que conlleva este afán del orondo monarca hace temblar media Europa. Necesita el divorcio del Papa con Catalina de Aragón, pero el protestantismo que tantos problemas ocasiona en el continente puede ser su salvación. El rey como cabeza de una nueva Iglesia que no reconozca al ungido de San Pedro. Por supuesto, también hay ambiciones terrenales, pues Escocia podría ser una buena incorporación a la corona, a pesar del apoyo habitual de Francia.

El Anglicanismo: Enrique VIII como cabeza de la Iglesia.
Ninguna de estas tres potencias abandona las pretensiones en las nuevas tierras descubiertas en América. Las otras tres, en cambio, tienen intereses mucho más centrados en Europa. Solimán el Grande ha iniciado el avance más allá de los Cárpatos. Viena está a un tiro de cañón, y ambiciona Praga y la entrada en Italia. El Imperio Otomano se extiende, y el Mediterráneo es clave. Cuenta con grandes piratas como Barbarroja, y atacar los barcos y puertos cristianos forma parte de su estrategia. Sólo tiene que aprovechar la lucha del Emperador con la herejía y sofocar las rebeliones que surjan en sus posesiones más alejadas.

La temible piratería berberisca.
El Papado se encuentra entre la espada y la pared. Cuenta con el fuerte brazo del Emperador para su defensa, pero ello no evita sucesos como el Saco de Roma. La herejía de Lutero se extiende como la pólvora, mientras el Otomano atraviesa las otrora sólidas puertas de la Cristiandad. La institución eclesiástica parece en crisis, y a pesar de que San Pedro comienza a alzarse en Roma, se necesita una mano firme que lidere la contrarreforma.

El Papa ha de preocuparse también de sus enemigos más mundanos.
Por último, los protestantes hacen suyo el descontento de los príncipes electores. Aprovechan el momento para predicar su nueva doctrina, y Calvino, Zwinglio, Crammer surgen como nuevos estandartes del cambio, para llevar la Reforma a todos sitios. El Emperador, que no ha venido a razones, es el mastín fiel del Papa, pero tiene demasiados enemigos. La imprenta ayudará a llevar a cualquier rincón la nueva palabra, sea en alemán, francés o inglés. La guerra no es la única solución.

La Reforma frente al Imperio.